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Con el fin
de sorprender a los vecinos y también para no ser molestadas por los
mozos, durante la tarde noche del sábado de gloria, distintos grupos de
muchachas se reunían, más o menos secretamente, en una de sus casas y,
entre risas y pícaras alusiones, elaboraban un grotesco monigote
llamado “judas” o “pelele. Monigote que no se quemaba, como se
hace en Valencia con las Fallas, sino que se apaleaba y se manteaba como
se hacía en
la Mancha
en tiempos del autor del
Quijote, con los molestos o
poco gratos personajes.
La mañana del Domingo de Resurrección, los
inefables Judas aparecían medio sentados medio colgados, en la ventana
de alguna casa por donde, necesariamente, había de pasar la procesión
del Resucitado. Su visión suscitaba la curiosidad,
el jocoso comentario e, inevitablemente, alguien le encontraba
cierto rasgo o parecido con este o aquel vecino al que, con toda
probabilidad, no le profesaba mucha devoción.
Terminada
la procesión, cada uno de los grupos descolgaba su Judas y lo manteaba
por las calles. Con frecuencia solían surgir
pequeños conflictos entre mozas y mozos, cuando éstos
intentaban arrebatárselo. Indefectiblemente, la efímera vida del
desgraciado y maltrecho muñeco solía ser su desintegración y, el
final de cada una de sus partes, el río.
El primitivo significado
de esta pagana costumbre, repetida en otros pueblos con múltiples
variedades, era la creencia de que, destruyendo
a tan siniestro personaje, se desterraba con él todo mal que
pudiese sobrevenir a la comunidad, aniquilándose
y olvidándose al mismo
tiempo, las posibles injurias y los malos hechos que pudieran haberse
producido entre los vecinos a lo largo del año.
Con el
tiempo, a semejante personaje se le llamó Judas y pasó
a representar al vituperado apóstol
que entregó a Jesucristo en el huerto de los olivos y que,
arrepentido o desesperado, para aniquilar y olvidar su pecado, terminó
con su vida colgado de un árbol.
En ciertos
momentos históricos, con el judas se quiso representar a algún
impopular y odiado personaje de la vida nacional, como ocurrió durante
la Guerra
de
la Independencia
con el intruso José Bonaparte o “Pepe Botella”. |